'Es tiempo de volver' a Colombia; de volver la educación una prioridad nacional; es tiempo de volver a desempolvar las recomendaciones hechas en el pasado por nuestros intelectuales.
A lo largo de la historia, Colombia ha sido un país de desplazados. El conflicto armado expulsó de sus terruños a más de cinco millones de nuestros labriegos y los condenó a vivir en cinturones de miseria. A otros tantos los lanzó más allá de las fronteras. Y unos cuantos echaron mano de sus conocimientos y ahorros y decidieron autodesplazarse lejos del suelo patrio.
Allá en el exterior hay un potencial humano nacido en Colombia, cuyo talento viene ayudando a construir otras sociedades y a solucionar problemas similares a los que acosan a nuestro país.
En hora buena, esta semana, el Gobierno Nacional, por medio del Departamento Administrativo de Ciencia, Tecnología e Innovación (Colciencias), puso en marcha el programa ‘Es tiempo de volver’, que busca repatriar, inicialmente, a todos los nacionales que cuentan con un título de doctorado.
Con una inversión superior a los 17.000 millones de pesos se pretende incentivarlos para que regresen y desarrollen sus labores académicas e investigativas en nuestras universidades, centros de investigación y múltiples empresas.
La propuesta es atractiva: vinculación laboral inmediata, buenos salarios y recursos para investigar. Y la mejor noticia es que al menos 1.000 de 1.200 de nuestros doctores encuestados, todos de renombre internacional, ya están dispuestos a retornar. Estos 1.000 cerebros fugados, de seguro, se convertirán en el carburante para echar a andar la locomotora que más necesita Colombia, la de la educación.
Es un imperativo nacional abandonar esas posiciones deshonrosas en materia educativa. Da vergüenza y dolor de patria saber que nuestros adolescentes ocupan el puesto 62 entre los 65 países que se someten a la prueba internacional Pisa.
Claro que ‘Es tiempo de volver’ a Colombia; es tiempo de volver la educación una prioridad nacional; es tiempo de volver a desempolvar las recomendaciones hechas en el pasado por nuestros intelectuales.
Genial que, a corto plazo, al menos 200 de nuestros doctores regresen al tablero colombiano y nos den una manito para salir de esta ignorancia que alimenta la inseguridad y la intolerancia en nuestras calles, la barbarie en nuestros campos y la desesperanza entre nuestros jóvenes.
Ojalá las universidades, los colegios, las escuelas, los profesores, la empresa privada y nuestros gobernantes locales, regionales y nacionales copien y fortalezcan esta iniciativa para que, de la mano de nuestros doctores que retornan, alcancemos el conocimiento necesario para generar patentes, crear empleos calificados, cerrar las brechas tecnológicas y crecer económicamente a niveles verdaderamente competitivos.
Si bien es cierto que Colombia invierte un poco más de 500.000 millones de pesos anuales en ciencia, esa cifra sigue siendo muy baja. Ojalá llegue el día en que paguemos el 4 x 1.000 o cualquier impuesto extraordinario para construir más colegios y universidades. Colombia no puede seguir con una cobertura universitaria inferior al 45 por ciento y de dudosa calidad.
Es fundamental convertir este plan en una política de Estado, para que perdure más allá de los avatares diarios que acompañan a este país por culpa de las rencillas del poder y las malquerencias que copan a diario los titulares noticiosos.
También estamos convencidos de que todo el sistema educativo debe someterse, sin excepciones, a nuestras propias pruebas Pisa, donde cada maestro demuestre que está en capacidad de liderar el proceso académico de sus alumnos.
Necesitamos, de la mano de nuestros doctores que retornan, comenzar a producir en nuestros claustros educativos nuestros propios doctores, que sean altamente competitivos en el concierto mundial. Ojalá la iniciativa eche raíces y no se quede en letra muerta.
